Federico y el halcón
Inspirado en el cuento Federico y el halcón, noveno relato de la quinta jornada del Decamerón de Giovanni Boccaccio.
Cerca del año 1300 vivió en Florencia un noble joven llamado Federico degli Alberighi, mancebo el más apreciado de Toscana en punto de cortesía y hechos de armas.
Este muchacho, como suele ocurrir a la mayoría de los caballeros, se enamoró se una rica señora llamada madonna Giovanna, considerada en sus tiempos como una de las mujeres más hermosas y atractivas de Florencia.
Dispuesto a conquistar el amor de su dama, Federico participaba en justas y torneos, organizaba fiestas, hacía regalos y, sin miramiento alguno, gastaba todo su caudal.
Pero la bella, no menos honesta que hermosa, no parecía cuidarse mucho ni de todas aquellas galanterías ni de quien por su amor las realizaba.
Y así, de gasto en gasto, derrochándolo todo y no logrando nada en cambio, Federico vino a perder sus riquezas y quedó tan pobre que apenas le quedaba otra cosa que una pequeña finca, de cuyas rentas vivía estrechamente, y un halcón, que bien podía pasar por el mejor pájaro del mundo. En tal situación y viendo que ya no le era posible vivir en la ciudad, retiróse a Campi, donde tenía una humilde casa de campo.
Allí, mientras le fue posible, se dedicó a la caza, sin otra ayuda que su halcón, soportando con paciencia su pobreza.
Un día enfermó y murió el marido de madonna Giovanna, dejando como heredero de sus cuantiosas riquezas a su pequeño hijo.
Siguiendo la costumbre, cada año por el estío fue a descansar en compañía de su hijo a una posesión que tenía en el campo y que, por casualidad, era vecina a la de Federico degli Alberighi.
Sucedió que el hijo de la viuda, un muchachuelo aun, fue familiarizándose con Federico y aficionándose a los pájaros y los perros de caza. En aquellos días, el jovencito vio tantas veces al halcón de su vecino, que se encariñó profundamente con el animal y de buena gana se lo hubiera pedido a su dueño, si no comprendiera la gran estima en que éste lo tenía.
Así las cosas, el muchacho enfermó, lo que causó enorme dolor a la madre, que no tenía otro ser amado en el mundo. Repetidas veces le rogaba que expresara algún deseo, pues ella estaba dispuesta a concederle cuanto pudiera. A lo que el muchacho dijo una vez:
- Si conseguís para mí el halcón de Federico, madre mía, estoy seguro de que curaré.
Al oir aquella petición, la dama quedóse pensativa, meditando qué podría hacer.
"¿Cómo puedo ir a pedirle el halcón -pensaba- que, por lo que he oído, es el mejor pájaro del mundo y, además, representa su único medio de vida?
Pero al fin venció el amor materno y la mujer decidióse a ir en persona a pedir la deseada ave.
Esa mañana, al oir que madonna Giovanna le llamaba, Federico quedóse maravillado y salió a recibirla más contento que unas pascuas. Ella propuso que comieran juntos y él aceptó gustoso.
Con un tanto de vergüenza por su humilde condición, recibió a madonna dentro de su casa y la llevó al jardín. Al retirarse a la cocina, lamentóse profundamente por no disponer de manjar alguno para honrar como deseaba a la persona a la que más había amado en el mundo. Pero a último momento encontró una solución y preparó un plato digno de una dama de tan alta condición.
Una vez dispuesta la comida, sentáronse en el jardín y disfrutaron del banquete.
Levantada la mesa y después de un breve reposo, pareció a madonna Giovanna el momento, y comenzó a decir:
- Tal vez te maraville mi audacia, Federico, cuando sepas a qué he venido. Cierto es que si tuvieras un hijo comprenderías cuán grande es el afecto que los padres les profesamos y excusarías mi atrevimiento. Es por eso que, muy a mi pesar, he de pedirte que me des una cosa que sé te es muy querida: me refiero a tu precioso halcón. Mi pobre hijo se ha encariñado tanto con él, que si no lo llevo acabará por agravar y morir de pena.
Al oír el pedido, Federico se entristeció y a punto estuvo de sollozar.
- Desde que me he enamorado de vos, madonna, la fortuna se me ha manifestado contraria; pero todas mis desventuras parecen ligeras en comparación con ésta. Cuando oí que deseabas comer conmigo, consideré que el manjar más apropiado a vuestra alcurnia debía ser algo insólito, infrecuente en la mesa de los más altos personajes; por lo que, considerando a mi halcón digna comida para vos, lo he adherezado y servido en el plato que hemos saboreado; y ahora que veo que lo deseabais de otra manera siento gran dolor por no poder contentaros, de tal modo que nunca más hallaré paz.
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